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martes, 9 de agosto de 2016

Comentario de la Lectura dominical

Compartimos el aporte de Dora sobre la Palabra de Dios del Domingo.

Lc 12, 32-48

Las primeras generaciones cristianas se vieron muy pronto obligadas a  
plantearse una cuestión decisiva. La venida de Cristo resucitado se retrasaba
más de lo que habían pensado en un comienzo. La espera se les hacía larga.
¿Cómo mantener viva la esperanza? ¿Cómo no caer en la frustración, el
cansancio o el desaliento?
En los evangelios encontramos diversas exhortaciones, parábolas y llamadas
que sólo tienen un objetivo: mantener viva la responsabilidad de las
comunidades cristianas. Una de las llamadas más conocidas dice así: «Tened
ceñida la cintura y encendidas las lámparas». ¿Qué sentido pueden tener estas
palabras para nosotros, después de veinte siglos de cristianismo?
Las dos imágenes son muy expresivas. Indican la actitud que han de tener los
criados que están esperando de noche a que regrese su señor, para abrirle el
portón de la casa en cuanto llame. Han de estar con «la cintura ceñida», es
decir, con la túnica arremangada para poder moverse y actuar con agilidad.
Han de estar con «las lámparas encendidas» para tener la casa iluminada y
mantenerse despiertos.
Estas palabras de Jesús son también hoy una llamada a vivir con lucidez y
responsabilidad, sin caer en la pasividad o el letargo. En la historia de la Iglesia
hay momentos en que se hace de noche. Sin embargo, no es la hora de apagar
las luces y echarnos a dormir. Es la hora de reaccionar, despertar nuestra fe y
seguir caminando hacia el futuro, incluso en una Iglesia vieja y cansada.
Uno de los obstáculos más importantes para impulsar la transformación que
necesita hoy la Iglesia es la pasividad generalizada de los cristianos.
Desgraciadamente, durante muchos siglos los hemos educado, sobre todo, para
la sumisión y la pasividad. Todavía hoy, a veces parece que no los necesitamos
para pensar, proyectar y promover caminos nuevos de fidelidad hacia
Jesucristo.
Por eso, hemos de valorar, cuidar y agradecer el despertar de una nueva
conciencia en muchos laicos y laicas que viven hoy su adhesión a Cristo y su
pertenencia a la Iglesia de un modo lúcido y responsable. Es, sin duda, uno de
los frutos más valiosos del Vaticano II, primer concilio que se ha ocupado
directa y explícitamente de ellos.
Estos creyentes pueden ser hoy el fermento de unas parroquias y comunidades
renovadas en torno al seguimiento fiel a Jesús. Son el mayor potencial del
cristianismo. Los necesitamos más que nunca para construir una Iglesia abierta
a los problemas del mundo actual, y cercana a los hombres y mujeres de hoy.

José Pagola

Fe adulta. com

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